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Notas desde Atenas
Con ocasión de un comité central de Syriza
Stathis Kuvelakis
Domingo 23 de diciembre de 2012
Hay un olor particular en Atenas en este comienzo del segundo invierno
de la era de los memorándums: el olor de la madera que arde en las
chimeneas y las estufas que han reemplazado en muchos sitios a la
calefacción con un gasoil ahora inaccesible por su precio. Resultado:
por la noche la ciudad se ve envuelta en una especie de capa de niebla,
que va pareja con el olor acre de la combustión -que no resulta
desagradable y que para mí, siempre va asociado al período de las
fiestas de fin de año, cuando mi madre ponía a funcionar la hermosa
chimenea del salón, para “dar ambiente de navidad” como decía. Sin
embargo, de seguir así es de suponer que las paredes van a estar pronto
cubiertas de hollín y que Atenas se parecerá al París o Londres de los
años 1930 -solo en este aspecto. Otro resultado (igualmente desastroso
para el medio ambiente): los bosques -o lo que queda de ellos- son
talados de forma salvaje, como bajo la ocupación en Francia -y lo mismo
los campos de olivos, cosa que no se había visto jamás, ni siquiera bajo
la ocupación.
En el paisaje urbano se observa un efecto extraño de este “nuevo” modo
de calefacción: en muchos sitios, en los bordes de las aceras, en los
terrenos desocupados, se ven tenderetes, o tiendas que antes fueron
puntos de venta de plantas de interior, vendiendo madera para
calefacción. Las calles, la mayor parte del tiempo vacías y mal
iluminadas, toman un cierto aire semirural.
Pero con este olor a fuego de leña puede a veces mezclarse otro,
bastanta más siniestro: el 9 de diciembre, cerca de Kavala, en el norte
del país, tres niños de cinco, siete y catorce años murieron en el
incendio causado por una estufa de madera sin vigilar. Mientras,
esperamos los muertos causados por el frío de un invierno que se anuncia
rigoroso. Contrariamente a lo que piensan la mayor parte de los
extranjeros, habituados a no ver más que las islas y las zonas costeras,
la mayor parte del territorio griego, que contiene cerca de la mitad de
la población, conoce inviernos de tipo continental (en esto también
Angelopoulos ha sabido captar la verdad profunda del paisaje griego,
interior y exterior).
El único comercio que parece prosperar en Atenas, aparte del de la
madera para calefacción, es el del oro. Son los únicos letreros nuevos,
chillones y llamativos, en calles en las que cerca de la mitad de los
comercios han cerrado. Los pobres, más exactamente, los pauperizados,
son invitados a desembarazarse de las joyas de la familia y demás signos
de un desahogo económico que ya pertenece al pasado. Pero este comercio
está también a la búsqueda de otros emplazamientos: así, la cadena
Carrefour ha instalado tiendas de oro en algunos de sus supermercados,
justo al lado de las cajas, restableciendo así parcialmente la función
del oro como medio de pago. Jacques Sapir ha calculado que al menos un
tercio de la economía griega está fuera del intercambio monetario
(trueque, economía de subsistencia, etc).
He vuelto a ver a D. en el comité central de Syriza por primera vez
desde hace dos años. Trabaja en una notaría desde hace mucho y vive sola
con su hijo, que tiene ahora diez y nueve años. Su patrón ha visto
disminuir en sus tres cuartas partes su cifra de negocios. No le ha
bajado el salario, pero lo ha puesto a trabajar media jornada. Intenta
por tanto sobrevivir con 500 euros al mes. Mientras se votaba la
composición del ejecutivo de Syriza, ha pasado más de media hora
contándome cómo ha restablecido en su casa la corriente eléctrica con la
ayuda de los militantes de DEI (Sociedad Pública de Electricidad ) de
su barrio. Ha entrado en la dinámica de las estratagemas para
desplazarse en metro sin billete, a menudo recuperando los billetes que
siguen siendo válidos de los viajeros que salen de las estaciones (todo
billete es válido 90 minutos para un trayecto sin cambiar de dirección).
Como su hijo, que ha intentado pasar en junio el examen para entrar en
Bellas Artes (sin un preparador, imposible).
No hay ni un café en Omonia. El café Neón, inmortalizado en un célebre
díptico de Yannis Tsarouhis, esconde bajo cartones sucios su interior
decrépito, y sin embargo ordenado. La antigua pastelería-lechería
Alexandros, punto clásico de llegada de nuestros periplos noctámbulos
hasta finales de los años 1980, transformada luego en panadería de una
cadena de alimentación, abriga ahora el Monte de Piedad.
Diariamente los periódicos publican nuevas listas de bienes públicos que
se proyecta privatizar. Se ha tratado de vaciar las islas de menos de
150 habitantes, una buena docena, trasladando a su población, la razón
oficial es el ahorro. En realidad, el memorándum prevé la venta de todas
las islas deshabitadas. También prevé que la totalidad de los bienes
públicos, sin ninguna restricción, sean puestos como garantía en caso de
no pago de la deuda. La consigna del Bild Zeitung “privatizar la
Acrópolis” está a punto de realizarse.
Durante la pausa del comité central, voy con dos compañeros a pedir el
almuerzo al café de enfrente. La pequeña sala está abarrotada de
hombres, manifiestamente desgastados, que pueden tener cualquier edad
entre 40 y 55 años, bebiendo en su mayor parte pequeños vasos de ouzo,
acompañado de un pequeño tentempié. La televisión transmite un partido
de fútbol. Mientras esperamos los cafés y los bocadillos se hace cierto
silencio. Luego un hombre toma la palabra, ante la mirada aprobadora de
los demás, y dirigiéndose a nosotros, dice de forma solemne: “decidle a
Alexis (Tsipras) que ahora es cuando hay que dar caña de verdad”.
Atenas, 17/12/2012

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